En arquitectura y diseño interior es bastante habitual imaginar el proceso así: primero se diseña y después se resuelve cómo construirlo. Se define una idea, se cierra una imagen y, más adelante, llegan los materiales, las instalaciones, los detalles, el presupuesto y la obra.
El problema es que la obra no funciona así.
Una decisión puede parecer cerrada hasta que se enfrenta a la realidad: cuánto ocupa una instalación, qué espesor necesita un material, dónde queda un registro, cómo se resuelve un encuentro o qué coste tiene mantener una determinada solución.
Por eso entendemos la construcción como una parte del proyecto desde el principio, no como una fase que llega después para intentar hacer posible una idea ya cerrada.
La idea no puede ir por un lado y la construcción por otro
Un proyecto no debería tener un concepto por un lado y una solución técnica por otro. Si una decisión es importante para el espacio, tiene que poder trasladarse a materia, medida y detalle.
Esto no significa que todo tenga que estar resuelto desde el primer croquis. Al contrario. Significa aceptar que el proyecto se va comprobando continuamente y que una cuestión técnica puede obligarnos a revisar una decisión anterior.
La estructura, la climatización, la iluminación, la accesibilidad, la protección contra incendios, las mediciones o el mantenimiento no son una lista que se añade cuando el diseño ya está terminado. Participan en él.
A veces confirman una idea. Otras veces la mejoran. Y otras obligan a cambiarla.
Leer lo que ya existe antes de intervenir
Esa manera de trabajar empieza incluso antes de dibujar.
En una reforma, investigar no consiste únicamente en medir el local o levantar un plano. Hay que entender qué existe, cómo está construido, qué instalaciones pueden aprovecharse, qué elementos tienen valor y cuáles se han convertido en una limitación.
En Galerías Madrid, en Sevilla, trabajamos sobre un establecimiento de aproximadamente 1.600 m² distribuido en tres plantas. El edificio tenía elementos que podían convertirse en parte activa del nuevo proyecto: la fachada, las carpinterías exteriores, una climatización recientemente renovada, una instalación de protección contra incendios adaptable y, especialmente, un gran óculo que relacionaba verticalmente las plantas y culminaba en una cúpula.
No se trataba de conservarlo todo por sistema ni de vaciar el edificio para empezar de cero. La decisión consistió en reconocer qué podía estructurar el nuevo proyecto y qué debía transformarse.
Conservar también es proyectar cuando existe un criterio detrás.
Formalizar no es dibujar más
Cuando el proyecto avanza, aparece otro equívoco habitual: pensar que desarrollar técnicamente una propuesta consiste simplemente en hacer planos más detallados de una idea que ya está terminada.
No es así.
Formalizar significa poner la propuesta a prueba. Materiales, estructura, instalaciones, iluminación, accesibilidad, protección contra incendios, mediciones, coste, mantenimiento y secuencia de ejecución empiezan a relacionarse entre sí.
En Galerías Madrid, por ejemplo, la continuidad de determinados techos estaba directamente relacionada con la integración de iluminación, climatización y rociadores. El mobiliario tenía que resolver al mismo tiempo exposición, atención y almacenamiento. Y la iluminación exigió estudios y pruebas específicas: no bastaba con crear una escena atractiva, había que reproducir con fidelidad el color y la textura de los tejidos.
Es ahí donde una idea deja de ser únicamente una intención y empieza a convertirse en arquitectura.
La obra también comprueba el proyecto
La obra no es una fase pasiva en la que una constructora reproduce unos dibujos.
Es el momento en el que muchas decisiones se enfrentan por primera vez a tolerancias reales, encuentros entre sistemas, condicionantes de montaje, disponibilidad de materiales, industriales distintos y situaciones que no siempre podían conocerse antes de abrir o desmontar.
Por eso la dirección y el seguimiento de obra forman parte de la continuidad del proyecto. No para improvisar lo que no se ha definido, sino para comprobar que las decisiones tomadas siguen teniendo sentido cuando pasan del plano a la realidad.
También significa aceptar que un proyecto puede revisarse después de terminado.
Lo vemos incluso en nuestras propias oficinas. Después de varios años utilizándolas, sabemos que la organización, la luz y el almacenamiento funcionan bien, pero hoy probablemente cederíamos algo de superficie de la sala de reuniones al área principal de trabajo. Diseñar para uno mismo tiene esa ventaja incómoda: el proyecto se somete a examen todos los días. La arquitectura no deja de poder evaluarse el día que se fotografía.
¿Cuándo está realmente definido un proyecto?
Para nosotros, un proyecto no está completamente definido simplemente porque pueda representarse bien.
Está definido cuando puede explicarse, coordinarse, medirse, valorarse y construirse sin perder la intención que le dio origen.
Esa es la razón por la que construcción y diseño no deberían entenderse como dos momentos consecutivos. Forman parte de una misma toma de decisiones.
Porque la construcción no empieza cuando termina el diseño. El diseño ya debería haber empezado a construir mucho antes.
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